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Nació en Viena, el 2 de noviembre de 1755. La hija menor del Emperador Austriaco Francisco I y de María Teresa, Archiduquesa de Austria, Princesa de Hungría y Reina de Bohemia. Tuvo una infancia feliz y llena de atenciones. Como estudiante fue mala, pues no le interesaron los aprendizajes propios de las niñas de su época, no logró aprender el idioma de moda por aquellos años, el francés. Tuvo mejor fortuna con sus estudios en música y danza, uno de los pasatiempos de las mujeres de la época, en los que, poco a poco, se fue superando y consiguió cierto talento en el manejo del arpa. Dentro de sus cualidades humanas destacaron su trato directo y natural, no era amiga de los chismes, lo que la hacia diferente y era muy dada a la compasión, en especial por los niños más desfavorecidos, ejercía la caridad de forma muy personal, frívolamente para una parte de la corte y para la otra de forma espiritual.

La suerte la acompañó casi toda su vida. Hizo el número once de los hijos de María Teresa, por lo que los compromisos de mayor calado para los enlaces matrimoniales fueron elegidos para sus hermanos mayores. A los 12 años su padre le asignó al Duque de Francia para contraer matrimonio, posteriormente sería nombrado Delfín de Francia Luis XVI. Durante el tiempo de espera fue preparada como cortesana para vivir su futura vida de reina.

Muy joven, a los 14 años –el 16 de mayo de 1770– contrajo matrimonio y consolidó la alianza entre Francia y Austria (dinastía de los Habsburgo-Lorena). La boda se celebró con la máxima suntuosidad del momento, era un momento único, el futuro Delfín de Francia se casaba con una hija del Emperador. La niña que abandonó tan temprano su vida fácil entre los Palacios de Hofburg, en Viena, y el de Schönbrunny tuvo en su vida un aire nostálgico.

El Delfín era considerado como un hombre poco atractivo. Luis era muy alto, robusto y desgarbado. Tampoco estuvo especialmente dotado para la vida social, muy al contrario, le gustaba mucho la lectura y la caza, siendo, además, un devoto religioso, por lo que su comportamiento era considerado como muy casto, motivo por el que no se le conoce ningún amante, práctica convertida en algo tradicional por sus antecesores.

Mª Antonieta fue admirada por su belleza, aunque nunca fue bien tolerada, por tratarse de una extranjera en la corte. Nada más llegar tuvo un enfrentamiento con Madame du Barry, la amante de Luis XV, por sacar a la luz los problemas sexuales del Delfín, despreciada por María Antonieta, en parte por la difusión pública de los chismes de una de las tías del Rey, una de las hijas solteras de Luis XV, que pasaban sus días vacíos entre chismes y devociones, la llamó l'autrichienne , pero cuidándose de separar las sílabas de modo que sonara autruche (avestruz) y chienne (perra). Llovían entre la corte libelos y calumnias sobre su conducta, su reputación, sus gastos. Estos últimos desmedidos, sin duda, pero que respondían a una tradición de la corte francesa: ningún miembro de la familia real quería ser menos ostentoso que el otro. Millones de livres , la moneda de la época, se derrochaban en el inmenso Palacio de Versalles, en ceremonias suntuosas y en ayudantes inútiles, algunos de ellos para cargos duplicados, y triplicados, sin razón.

La castidad del Rey fue, con el tiempo, un inconveniente. El matrimonio no llegó a consumarse hasta julio de 1773. El rey era considerado como un nefasto amante, desatando graves preocupaciones y cotilleos de las cortes de Austria y Francia, por propiciar la posibilidad de que no tuviera un heredero.

Para María Teresa de Austria, madre de la Reina, la culpa podía ser de su hija, una inexperta, que no había recibido la suficiente educación en la materia, Por el contrario para el hermano, y futuro Emperador de Austria, José II, el raro era su cuñado Luis XVI que solamente era considerado como “tres cuartas partes de hombre”.

Abrumada y angustiada, María Antonieta buscó refugio en la decadencia de la antigua aristocracia. Sus indiscreciones pronto estuvieron en boca de toda Francia.

Luis XVI fue coronado, Rey de Francia y de Navarra, el 10 de mayo de 1774. Por fin, en 1778 tuvo su primera hija, María Teresa (también llamada “Madame Royale”), este hecho acalló los chismes de la corte, en 1781 alumbró a su primer hijo varón, Luis José, y a partir de entonces residió en el palacio independiente del Petit Trianón, además tuvo otro hijo varón más en 1785 y una hija, Sofía, en 1786.

El Pequeño Trianón fue un regalo de boda del Rey de Francia. Mandado construir por el Rey Luis XV a Ange-Jacques Gabriel, con tan sólo ocho habitaciones. Es un palacete estival apartado en el rincón derecho del jardín de Versalles, frente al Grand Trianon. Allí Maria Antonieta construyó su mundo en miniatura, el llamado “Hameau” y mandó decorarlo a su gusto. Además ordenó construir, a Richard Mique, un espacio de libertad campestre: un huerto cerrado y un jardín.

Pesca, coge flores, baila minués y gavotas. Los artistas rivalizan para glorificarla en mármol, terracota, pastel, miniaturas de marfil y graciosas poesías. Muy cerca de los estanques de la Reina, con patos chinos, cisnes bien cebados y pavos reales, está París, una ciudad airada por la miseria y el descontento. Mandó construir un mini pueblo donde pudiera tener a mano a la sociedad real, todos los días recogía la leche en la lechería, visitaba la herrería, los huertos, la panadería, el molino, el palomar… todo un mundo en sus manos. Aunque la realidad social era desgraciadamente otra pero al menos ella sabía de su contenido.

El Rey seguía con actitud fría y distante hacia la Reina. Por eso, María Antonieta, buscó en otras personas la afectividad que no le dio el Rey de Francia. Cultivó y mantuvo dos grandes amistades, una fue María Teresa de Lamballe, posteriormente esa amistad le costaría la vida en una de las matanzas de la Revolución en 1792; la segunda fue Julia de Polignac, gracias a esa amistad consiguió títulos reales, lo que originó grandes críticas de los cortesanos.

Esas relaciones han sido analizadas y todo el mundo da por hecho que mantuvo relaciones lésbicas con ambas mujeres, siendo considerada como un símbolo del amor homosexual de la época. Por los documentos analizados no parece que pudieran llegar a ese grado de libertad pero sí a una pasión de índole platónico, por la necesidad de afecto y de combatir la nostalgia por su tierra natal y familiar.

Se aseguraba, por aquel entonces, que María Antonieta tuvo una aventuras secretas con el conde de Artois y con su primo, el conde sueco Hans Axel von Fersen, mandado a Europa para perfeccionar su educación y como consecuencia conoció a María Antonieta en una sesión de ópera. Volvió, su primo, a Suecia para regresar a Francia en agosto de 1779. La Reina no le había olvidado, y toda la corte se percató de que le dedicaba una particular atención. Durante los últimos meses del año 1779, frecuentó con asiduidad los salones de la Reina, con la que tenía un trato muy familiar. El Rey de Suecia, informado de la predilección que sentía María Antonieta por Fersen, y queriendo evitar males mayores, nombró a Fersen Ayudante de Campo del Conde de Vaux que dirigía las tropas, y Fersen se unió a éste, en marzo de 1780, posteriormente fue nombrado Coronel y se le destinó a las batallas de América. Jamie Dornan. Sus indiscreciones pronto están en boca de toda Francia.

La reina, que no gozaba del favor de los franceses, entre sus diversiones contaba el juego de cartas con apuestas de grandes sumas, lo que fue aprovechado para tacharla de despilfarradora. Tampoco tuvo suerte en la elección de sus mecenazgos, sobre todo con los músicos. Tuvo problemas de carácter inmobiliario durante la adquisición del Palacio Saint-Cloud, también con joyeros, peluqueros, etc.

Uno de los más graves problemas fue el originado por el famoso “Caso del Collar”, el más soberbio collar de diamantes que se viera en muchos siglos: con 647 piedras entre diamantes y piedras semipreciosas y 2.800 quilates. Tasado en 1.600.000 libras, Los famosos joyeros Boehmer y Bassenge lo habían confeccionado para la amante Du Barry, favorita del Rey Luis XV, pero a causa de la muerte de éste, a causa de la viruela, se la ofrecieron al soberano y la que antes fue su amante se quedó sin los diamantes. Fue ofrecido a Maria Antonieta en 1782, que lo rechazó por su elevado coste económico. La supuesta condesa Jeanne de la Motte Valois ayudada por su marido, José Bálsamo (Cagliostro) y Marc Rétaux de la Villette, adquirió, por medio de engaños, el collar haciendo creer que, en realidad, era para la Reina, aprovechándose del Cardenal de Rohan, igualmente engañado por la cortesana Nicole Leguay que se hizo pasar por la Reina en un encuentro con éste en el bosque de Venus. Con cartas falsificadas (Marc Rétaux de la Villette) le hacen creer que la Reina desea la joya, que el Cardenal paga, comprometiéndose a reembolsarle el importe en cuatro plazos de 400.000 libras. Ante la magnitud de los hechos se inició un proceso judicial el 31 de mayo de 1786, Nicole, Cagliostro y el Cardenal fueron absueltos, Villette marchó al exilio y la condesa de la Motte fue condenada a ser azotada públicamente y a pasar unos años en la cárcel (de la que se fugó) de La Salpêtrière. María Antonieta fue obligada a declarar ante el tribunal que lo consideró como un hecho habitual en la Reina, lo que consiguió aumentar el rechazo de la corte.

Lo que hizo aumentar su impopularidad fue su lealtad a los intereses austriacos, la mala reputación de algunas de sus amistades y su extravagancia en temas económicos. Era considerada una derrochona y enamorada de los objetos caros. Pronto le achacaron los problemas financieros del gobierno.

Dejó de recibir en audiencia a la nobleza, acentuando la animadversión de las clases altas hacia su persona. Sus extravagantes peinados representaban escenas enteras. Sus costosísimas joyas y elaborados vestidos imponían la moda en Francia.

Fiel a su personal humanismo decidió visitar la tumba de Jean-Jacques Rousseau el célebre escritor nacido en Ginebra que había fallecido en 1778, seguramente inspiraba su devoción en alguna de sus obras.

Tomó la costumbre levantarse temprano para ver amanecer.

Su impopularidad alcanzó la cumbre más alta por una decisión política tomada en 1778, Austria demandó el trono de Bavaria y ella intentó provocar una mediación francesa entre Austria y Prusia. Los franceses no querían que Prusia aumentase su poder y la alianza entre estas dos superpotencias no era grata, también había un alto contenido religioso por ser Austria un país protestante.

El Rey inauguró el 5 de Mayo de 1789 los Estados Generales, donde comenzó la gestación de la Revolución Francesa, eso hizo cambiar el signo de su vida, obligada muchas veces por las circunstancias. Existían dos fuerzas, por un lado estaban los defensores de la Monarquía Feudal, absolutistas, y de las clases sociales más favorecidas, por el otro estaban los que solicitaban el derecho a la libertad, la igualdad y la fraternidad. Desde el comienzo estos movimientos se pusieron en contra de los revolucionarios que, en principio, solamente solicitaban una monarquía sujeta a las nuevas leyes, ante la negativa se combate hasta la existencia de un Rey y una Reina.

No tuvo contemplaciones con las clases más desfavorecidas que se concentraban ante el Palacio de Versalles y envió contra ellas a sus tropas.

Con el estallido de la Revolución Francesa en el año 1780, apoyó al sector intransigente de la corte que se negaba a llegar a un acuerdo con los revolucionarios moderados y pidió ayuda a su hermano, Leopoldo II, Emperador de Austria. Con la toma de la Bastilla (14 de julio de 1789), la Reina trató de imponer su opinión favorable a la huida del Palacio de Versalles, se refugiaron en Metz, –considerada una fortaleza inexpugnable–, pero el Rey comenzó a vacilar sobre la oportunidad de salir de Francia y la Reina no quiso dejarlo sólo.

Después del asalto al Palacio de Versalles por una columna de mujeres de París, fueron apresados los Monarcas y conducidos en larga marcha hasta el viejo Palacio de las Tullerías (5 de octubre de 1789). En esos momentos se empezó a imponer el pragmatismo de la Reina que comenzó a ver la posibilidad de algún tipo de negociación entre la Monarquía y los más moderados, nombró como interlocutor para mantener, a toda costa, el nuevo tipo de Monarquía Constitucional a Honoré Gabriel Riquetti (Conde de Mirebeau), hombre dedicado en cuerpo y alma a la conspiración (se dice que era masón) que mantuvo relaciones, al tiempo, con la familia real y con los revolucionarios, intentando que el país adoptara una solución intermedia, inspirado en los principios de la democracia inglesa. Tal vez su momento de máxima gloria lo consiguió el día de su funeral, en abril de 1791, al ser enterrado con grandes honores en el Panteón. Pero tampoco duró mucho tal reconocimiento popular. Al año siguiente de su fallecimiento se descubrieron algunas de sus maniobras y muchos de los acuerdos secretos con el Rey; y en 1794 sus restos fueron retirados, sin pena ni gloria del Panteón. La muerte repentina del interlocutor dio al traste con esta vía exploratoria.

Los reyes intentaron huir de París con el único hijo que seguía con vida en 1791, sólo llegaron a Varennes donde fueron detenidos y trasladados a París, a su llegada fueron encarcelados. Ese año Luis XVI reconoció la Constitución Francesa y la entrada en funciones de la Asamblea Legislativa.

La Reina sólo confiaba en la intervención militar de sus familiares de Austria. El 20 de abril de 1792 se declara la guerra entre Francia y Austria, lo que pareció por una parte como una salida y por otra aumentó mucho más la desconfianza hacia la familia real, el 20 de junio se produjo el asalto a las Tullerías, el 10 de agosto, se proclamó de deposición de Luis XVI y al siguiente mes se cambió el régimen de Monarquía a República.

La familia Real fue llevada a la Torre del Temple y se celebró el juicio. Luis XVI era un lector empedernido que pasaba horas practicando el griego y el latín, durante su encierro en la prisión le llevaron una biblioteca entera de más de 300 libros, casi todos clásicos latinos. El Rey fue condenado a muerte el 21 enero de 1793. María Antonieta fue separada de su hijo, el Delfín Luis Carlos, y enviada ante el Tribunal Revolucionario al año siguiente. Posteriormente María Antonieta ingresó en la Conciergerie donde fue enjuiciada por el tribunal presidido por Armand Martial Hermann, acusada de alta traición por el fiscal Antoine Quentin Fouquier Tinville, uno de los políticos más duros. Nombrado en 1793 acusador público del Tribunal Revolucionario. Su celo en el desempeño de este cargo le valió el sobrenombre de «Proveedor de la guillotina». Estuvo entregado en cuerpo y alma al Comité de Salvación Pública. En manos de este fiscal especial fue condenada a la pena capital, como otras celebridades de la época (Georges Danton), más tarde sería él mismo quien probase el filo su propia justicia, siendo guillotinado.

La Reina fue conducida a la guillotina el 16 de octubre de 1793, en París. Caminó atada detrás de una carreta hasta la Plaza de la Revolución, hoy de la Concordia, su atavío era sencillo, una sábana blanca. Subió a la plataforma con la máxima dignidad que se le puede pedir a un condenado a muerte, su cabeza separada del cuerpo fue expuesta en un palo y mostrada en la plaza, el júbilo de los asistentes fue tan grande como honor, ante lo inevitable, demostró ella.

Antes de morir la Reina intentó dejar a su hija al cuidado de su cuñada, hermana del Rey, Elisabeth-Marie-Heléne. El odio de la Revolución hizo que, poco más de medio año después, Madame Elisabeth fuese conducida también a La Conciergerie , donde fue juzgada y condenada a muerte. Las horas que transcurrieron antes de ser llevada a la guillotina las pasó rezando y consolando con palabras llenas de fe, esperanza y dulzura a sus compañeros de martirio. Veinticinco fueron aquel día ajusticiados, todos antiguos nobles y cortesanos de Versalles, y cada cual procuraba disimular el terror que le dominaba. Terminaron incluso sintiéndose orgullosos de acompañar al suplicio a tan excelsa condenada.

El 10 de mayo de 1794. Madame Elisabeth tenía 30 años recién cumplidos. Bajó de la carreta con ligereza y dijo: "Pronto estaremos en el cielo". Fouquier Tinville, el siniestro fiscal del Tribunal Revolucionario, había ordenado al verdugo que, como posterior refinada tortura, la hicieran morir la última, pero ella, tranquila y serena, fue despidiendo uno a uno a los demás condenados con palabras de ánimo y un beso de paz. Cada uno le hacía una profunda reverencia. Escuchaba los sucesivos chasquidos de la cuchilla al ir bajando... mientras rezaba el De profundis en voz alta, para que pudieran seguir la oración los demás condenados. Su mirada translucía su amor por Cristo, a quien iba a ver en breves instantes. El último chasquido de la cuchilla fue para ella. Los testigos afirmaron que, en aquel momento, se esparció por toda la plaza un intensísimo perfume de rosas.

   
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