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PRÓLOGO

El diario que a continuación detallo, es el fiel reflejo del viaje que Rosi y yo hicimos desde el 17 de Noviembre al 10 de Diciembre de 2006 por tierras de la antigua Indochina. En concreto visitamos 3 países: Camboya (templos de la zona de Angkor y la capital Phnom Penh), Vietnam (principal destino del recorrido) y Tailandia (Bangkok).

Nuestro objetivo era hacerlo todo por nuestra cuenta, llevando sólo confirmados los vuelos de entrada y de salida, en un itinerario que iniciamos en Camboya para cruzar a Vietnam a través del Río Mekong y recorrer este país de Sur a Norte, acabando en Bangkok, la capital tailandesa.

En la preparación del viaje, tuve en cuenta fundamentalmente la información que me dio mi hermana Mar, que hizo un viaje parecido meses antes, guías de viaje, en especial la Lonely Planet y los diversos foros de viajes que cada vez más proliferan por Internet.

Creo que es interesante divulgar este diario, con fin de que pueda servir de ayuda a otras personas que se decidan a visitar la zona.

1 Y 2. DÍA. VIERNES Y SÁBADO 17 Y 18 NOVIEMBRE. ALICANTE-MADRID-DOHA-BANGKOK

Después de llegar a la T-4 procedentes de Alicante, embarcamos con Qatar Airways para dirigirnos a Bangkok, haciendo escala en Doha, la capital de Qatar. A pesar de que teníamos bastantes dudas sobre esta compañía, la experiencia fue muy positiva ya que cuenta con aviones bastante modernos, que incluso tienen pantallas individuales para ver películas y jugar a los videojuegos, además de un excelente servicio a bordo. En cuanto a la puntualidad, sólo tuvimos un pequeño retraso en la escala de Doha, ciudad que desde el aire parece la típica urbe construida en medio del desierto al amparo del petróleo. Su pequeño aeropuerto tiene un área de tiendas bastante selecta (joyas, relojes, perfumes...), en la que se mezcla gente de lo más variopinta: árabes con túnicas impolutas, seguidos de mujeres cubiertas con chadores negros, europeos como nosotros, en tránsito para destinos asiáticos (India, Nepal, Tailandia...), orientales de nacionalidad indescifrable de vacaciones etc.

La llegada al moderno y recientemente inaugurado aeropuerto Suvarnabhumi de Bangkok, la hacemos prácticamente con el horario previsto así que, cuando hemos recogidos las maletas, son las 11 de la noche y, como tenemos que volar a Phnom Penh a las 7 de la mañana, decidimos pasar la noche en la terminal. Después de dejar las maletas en consigna y cenar ligeramente (estábamos empachados de la cantidad de comida que nos sirvieron en el avión), nos tomamos unas copas y damos unas cabezadas en unos sillones bastante cómodos, con el único inconveniente del aire acondicionado exageradamente alto, que nos deja tiritando.

3. DIA. DOMINGO 19. BANGKOK-PNONM PHENH-SIEM REAP

Volamos de Bangkok a Pnonm Phenm con Air Asia y en una hora nos plantamos en la capital camboyana. El aeropuerto está prácticamente vacío, por lo que los trámites aduaneros -que incluyen sacar el visado- son muy rápidos. En el exterior tomamos un taxi (5€) para ir al centro de la ciudad con la pretensión de coger un autobús e ir a Siem Reap (la localidad más cercana a los templos de Angkor, nuestro primer destino). En medio de un tráfico caótico, en el que motos y bicicletas superan en un número abrumador a los coches, llegamos a la sede de Mekong Express, cuando un autobús acaba de salir y no hay otro hasta las 12,30, por lo que aprovechamos para contratar un tuk-tuk -una motocicleta que lleva adosada una especie de carrito, en el que caben cuatro personas-, para visitar el Palacio Real (recinto fortificado en el que viven el Rey y que cuenta con varios edificios, entre los que destaca la Pagoda de plata, llamada así por tener una cúpula construida con miles de tejas del preciado metal), y la prisión de Tuol Sleng, antigua escuela que se convirtió en una de las cárceles donde entre 1975 y 1979 el jemer rojo Pol Pot y sus secuaces, internaban y torturaban a sus compatriotas con el fin de “buscar el enemigo oculto” dentro del Partido, y exterminar todo aquello que consideraban atentatorio al Estado, en nombre de una ideología maoísta paranoica que, entre otras cosas, supuso la eliminación literal de las ciudades, la desaparición de la moneda, el comercio, las escuelas, la literatura, el arte, cualquier manifestación religiosa, y que causó la muerte de cerca de dos millones de camboyanos. Parece ser que únicamente 7 de las 20.000 personas que fueron llevadas a este siniestro lugar para ser interrogadas sobrevivieron y, la verdad es que “algo” flota en el ambiente puesto que nunca había estado en un sitio que me causara tanto horror y estremecimiento –ni siquiera en un campo de concentración alemán-; sólo las fotos de los detenidos, con el pánico reflejado en sus rostros, ponen los pelos de punta, de tal forma que tanto Rosi como yo salimos medio mareados, preguntándonos como la comunidad internacional permitió tal genocidio hace sólo 30 años. Renunciamos a ir a los Killing Fields, (campos de exterminio, donde eran ejecutados los prisioneros que no habían perecido en los interrogatorios), situados en las afueras de la ciudad, y nos dirigimos a la estación de autobuses para trasladarnos a Siem Reap. Son 6 horas de viaje en el que vamos dormitando y viendo un paisaje variopinto en el que predominan grandes extensiones de campos de arroz. Las casas de los lugareños son unas construcciones de madera, en el mejor de los casos o de hojas de banano, las más modestas, sobre una especie de pilares que permiten aislarlas del agua. Los animales conviven con las personas, hay hamacas, hornos, mesas, y los puestos de venta (comida, bebida, gasolina, souvenirs...) son muy abundantes a ambos lados de la carretera.

Ha anochecido cuando llegamos a la ciudad, y a la salida del bus nos asalta una legión de personas, ofreciéndonos hotel o medio de transporte, entre un griterío que casi daba miedo. Después de pensárnoslo un poco, nos decidimos a atravesar la barrera humana para contratar un tuk-tuk, que en poco tiempo nos lleva al hotel Golden Temple Villa, lugar donde habíamos hecho una reserva por Internet. Nos gustó la habitación y después de conseguir que el precio (14 €) incluyera un desayuno completo (aunque solo lo disfrutamos un día), nos damos una ducha después de más de dos días viajando, para salir a cenar y dar una vuelta. La calle, poco iluminada, está llena de locales mezcla de karaoke y masajes, con aspecto de prostíbulos. Después de cambiar dinero y llamar por teléfono, entramos en un restaurante chino (Din Sum Dumpling, Sivatha Street) en el que sirven una comida deliciosa (6 € los dos). Estamos rendidos y, como será habitual a lo largo de todo el viaje, nos retiramos temprano a descansar.

4. DIA. LUNES 20. ANGKOR

Con el aire acondicionado casi al máximo, dormimos bastante bien hasta las 6,30 de la mañana. Bajamos a desayunar, y en recepción nos consiguen un tuk-tuk por 8 €, para ir Angkor, el corazón del inmenso imperio Khemer (o jemer) que floreció en Indochina desde el siglo IX hasta el XIII y que hoy acoge un fascinante parque arqueológico. A las 7,30 llega Son (cuyo e-mail es vat_sokun@yahoo.com), un recomendable conductor, que será nuestro compañero durante dos días, y, que en poco tiempo, nos lleva hasta la puerta de Angkor Vat, seguramente el más celebre monumento de la zona. Construido por Suryavarman II en el siglo XII y conocido en tiempos antiguos como “La Morada Sagrada de Visnu”, uno de los dioses más importantes del panteón hinduista, el actual nombre significa “Ciudad que es un Monasterio” porque después de la revolución religiosa instigada por Jayavarman VII en el siglo XIII, el imperio Khmer abrazó el budismo y Angkor Vat pasó de ser santuario visnuista a Vat, budista. El complejo ocupa dos kilómetros cuadrados y la entrada principal se hace a través de un puente que cruza un fascinante foso de unos 200 metros de ancho, bordeado por amplios niveles aterrazados que desciendan hacia el agua que rodea el enclave. Después de visitar pausadamente esta maravilla, continuamos viendo templos, en medio de hordas de turistas, entre los que destacan sobremanera los japoneses, fácilmente identificables por ir siempre en grupo, gritar y empujar sin miramientos, (a pesar de lo pequeños que son, tienen una gran habilidad para “ganar la posición”), y estar siempre en medio, de manera que te impiden hacer la foto deseada. Lo único positivo que tienen es que si quieres olvidarte del plano, sólo tienes que seguir a un grupo de “japos” porque seguro que te conducen a los sitios más interesantes.

En Angkor Thom, antigua ciudad rodeada por murallas que delimitan una zona de unos 3 kilómetros cuadrados, y que llegó a albergar a 1.000.000 de habitantes, visitamos, entre otras cosas, lo que queda del Palacio Real, la bellísima terraza de los Elefantes, la escultura del Rey Leproso y el enigmático Bayón, templo en el que destacan la multitud de caras esculpidas, que le confieren un aire fantasmagórico. Deambulando por la zona, conocemos a dos jóvenes bonzos (monjes budistas) que pretender dialogar con nosotros, misión que resulta imposible dado que, si nuestro inglés es malo, el suyo es sencillamente inexistente.

El calor es en momentos insoportable por lo que compramos agua en multitud de ocasiones y rápidamente afinamos el precio a 2000 rieles (0,40 € la botella de 1,5 litros). Al medio día entramos en el espectacular templo de Ta Prom, en el que se han rodado escenas de varias películas. Situado en mitad de la jungla, las raíces de los árboles centenarios han engullido literalmente muchas de sus piedras y, si no fuera por la legión de turistas que pululan por el lugar, se podría llegar a sentir la misma emoción que debió embargar a los primeros exploradores de Angkor, cuando lo descubrieron. Para finalizar la jornada, acabamos viendo rodeados de una multitud, un atardecer bastante decepcionante en el templo de Phom Bakeng. Volvemos, ya de noche, al hotel para ducharnos y, después de llevar ropa para lavar a una ¿farmacia? nos vamos a beber unas “birras” y cenar a un restaurante recomendado por la Lonely, cerca de la horrible calle de los “guiris”, donde la comida es bastante regular por un precio similar a la noche anterior. Es temprano, pero nos vamos al “sobre” porque queremos ver el amanecer en uno de los templos que hemos visitado durante este día, situado en las cercanías de un lago.

5. DÍA. MARTES 21. ANGKOR

A las 5 nos recoge Son (esta vez hemos negociado 13 €, porque el recorrido que vamos a hacer es más largo). Aún es de noche y la ciudad se está despertando; la temperatura es agradable a esas horas, y por la carretera ya circulan motos, bicicletas, carros, personas etc., etc .Disfrutamos de un amanecer precioso, con el sol reflejándose en las tranquilas aguas y después nos dirigimos al templo de Banteay Srei, a una hora de camino por una carretera infernal, atravesando varias aldeas y observando “in situ” la vida rural en un país tan pobre como Camboya -gente en los arrozales, cientos de niños que van al colegio, otros muchos cerca de las casas sin nada que hacer, animales correteando por todas partes...Las motocicletas de pequeña cilindrada, “motorbikes”, como las llaman ellos, pueden transportar cualquier cosa, desde un par de cerdos, a una enfermo con un gotero puesto. El templo está bien, sobre todo por sus fantásticos relieves, pero quizá no merezca la pena hacer un trayecto tan largo. En el mismo conocemos a Cristina, una americana, que está haciendo un viaje muy similar al nuestro, mientras su novio trabaja en Bangkok. Hasta las 9 de la mañana el ambiente es agradable, pero a partir de ahora, el calor vuelve a apretar y después de “patearnos” cinco o seis templos más rodeados de orientales (ya no sabemos si son japoneses, chinos, koreanos....), nos comienza a atacar el llamado síndrome de Stendhal -una especie de mareo debido a la sobre exposición a tanto arte-. Son las 13 h. y llegamos a la conclusión de que ya hemos visto bastantes templos, así que decidimos irnos a descansar y volver para ver la puesta de sol, además de anular la noche de hotel que nos queda, y marcharnos al día siguiente. Después de comer el plato típico camboyano llamado Amok, consistente en una mezcla de carne con especias y verduras hechas al horno, y que está bastante rico, dormimos hasta la 4 de la tarde, hora en que nos recoge Son para ir a ver un bello atardecer en Angkor Wat. La cena la hacemos en el chino del primer día.

6. DIA. MIÉRCOLES 22. SIEM REAP-PHNOM PENH

Amanacer en Indochina

Ha amanecido hace poco, y subimos a una furgoneta llena de “guiris” como nosotros, para trasladarnos al barco que nos llevará a Phnom Penh (20€ cada uno). En el trayecto volvemos a observar lo espartano de los hogares, para confirmar que realmente estamos en el Asia profunda. La llegada al embarcadero supone un nuevo caos de chicos queriéndote transportar las maletas y perdemos una de vista, por lo que vivimos un momento de cierta tensión. El fast-boat no es demasiado grande y consta de una parte interior con aire acondicionado, y la cubierta con el techo de forma ovalada donde nos podemos subir. A Rosi le da un poco miedo porque no tiene barandilla de protección, pero le comento que si el barco se hunde, en el interior no hay escapatoria posible, cosa que lejos de tranquilizarla, la pone más nerviosa. El caso es que el viaje transcurre plácidamente (son 6 horas) a través del lago Tonle Sap , que recoge las aguas del Río Mekong, y observando como la naturaleza ha creado un ecosistema realmente increíble que permite la vida de miles de personas (pescadores, agricultores, comerciantes...). Sobre las 13 horas llegamos a Phnom Penh, e inmediatamente cogemos un tuk-tuk para ir a la Guesthouse Capitol, dónde previo pago de 8 € nos instalamos en una habitación bastante decente. Después de comer algo, una ducha reparadora y recolocar las maletas, nos lanzamos a la calle, para visitar un mercado cercano en el que el bullicio y los diversos colores y olores, empapan los sentidos. En una de sus tiendas nos intentan timar con un reloj (vendiéndonos una copia por un original), y después damos un paseo hasta la orilla del río, donde la gente pasa la tarde charlando, comiendo, jugando.... Es difícil cruzar las calles: los pasos de cebra, señales de tráfico y semáforos no se respetan, por lo que lo mejor cerrar los ojos y encomendarse a los dioses (cuanto más mejor) para que los hábiles conductores te vayan sorteando. Tomamos una cerveza, y aunque es temprano, vamos a cenar a un Restaurante Indonesio (Bali) que tiene una terraza muy agradable; la comida, aunque bastante picante, no está nada mal. Después nos tomamos unas margaritas francamente malas, cuyo precio es el mismo que el del total de la cena y a las 9,30 nos volvemos al hotel, con un conductor suicida que circula entre el caos del tráfico, como si fuera Alonso. Zapeando en la televisión, veo los resúmenes de la última jornada de la liga española: el Bilbao no levanta cabeza.

7. DÍA. JUEVES 23. PHNOM-PENH-CHAU DOC-CAN THO

Marcado flotante de Vietnam

Al igual que ayer, volvemos a coger una furgoneta para ir al embarcadero y cruzar, en un espectacular recorrido, la frontera vietnamita a través del Río Mekong. Este imponente río nace en el Tibet y atraviesa varios países, dónde va tomando nombres diferentes, antes de desembocar en el Mar de China. A su paso por los mismos define límites nacionales, constituye una importante vía de comunicación, abastece de pescado a gran parte de la población e irriga las más fértiles y grandes plantaciones de arroz del mundo. Se estima que más de 60 millones de personas residentes en sus riberas dependen del mismo para obtener alimentos, agua y transporte, y que la pesca anual en este tramo final del río, representa el 20% del total de la captura mundial en cursos de agua dulce.

Al llegar al “embarcadero” (por llamarlo de alguna manera), nos encontramos con una barcaza, de aspecto poco fiable en la que nos acomodamos junto a varias personas, entre las que se encuentran dos catalanas que venían de Laos y con las que vamos charlando durante el viaje por “La Madre de Todas las Aguas”, que es lo que significa Mekong, su nombre más conocido. Nos apeamos para hacer los trámites aduaneros en la frontera, y ya en la parte vietnamita, subimos a otra embarcación, más pequeña aún, con sillas de playa como asientos (eso sí, muy cómodas). Esta parte del río cercana al Delta es espectacular, dividiéndose en 9 grandes brazos y cientos de canales, pasándose a llamar Cuu Long, “El Río de los Nueve dragones”. A las 15 h. llegamos a la ciudad de Chau Doc, donde “pillamos” un ciclo-taxi para los dos, con las maletas encima de nuestras rodillas, componiendo un cuadro que hace que Rosi se fuera partiendo de risa. El problema fue que, en vez de llevarnos a la estación de autobuses para ir a la ciudad de Can Tho (como le indicamos), nos llevó a un taxi privado. Cuando lo descubrimos nos negamos a pagarle y le obligamos a que nos llevará a la bus-station, dónde nos engañan miserablemente, ya que –nos dimos cuenta después- compramos un billete para ir en minibús directo, y nos “meten”en un vetusto autobús de línea regular, que va haciendo continuas de paradas, para tardar más de 3 horas en hacer 100 Km.. El vehículo circula la mayor parte del recorrido por el carril contrario, y un empleado va chillando por la ventana para que las motos y las bicis se aparten. Después de llegar a Can Tho, otro ciclo-taxi nos lleva a un hotel, en vez de a la oficina de turismo como le habíamos dicho (ya no sabemos si es que no nos entienden, o no nos quieren entender); no nos gusta y vamos a otro cercano, donde exhaustos, nos quedamos en una enorme habitación doble, y en la que más tarde descubriremos unos curiosos bichitos, que Rosi se entretiene matándolos, mientras voy a cambiar dinero. Vamos a cenar en tuk-tuk a un restaurante de la Lonely, para volver paseando y acostarnos temprano. Mañana hemos contratado una barca para ver amanecer en el Río e ir a los mercados flotantes.

8. DÍA. VIERNES 24. CAN THO-SAIGON (HO-CHI-MIN)

A las 5 nos despiertan, para poco después bajar las escaleras y encontrarnos que lo que era un restaurante y la recepción del hotel, se ha convertido en un garaje-dormitorio, con varias motos aparcadas y dos personas durmiendo. Una de ellas se despierta y nos abre la puerta, donde ya se encuentra el barquero con nuestro desayuno, consistente en pan y plátanos. Nos dirigimos a la orilla del río, dónde subimos en una pequeña embarcación a motor, y comenzamos a navegar en el momento en que empieza a clarear, asistiendo a un amanecer impresionante, con el sol anaranjado elevándose por encima de las palmeras. Sin apenas darnos cuenta, llegamos al primer mercado flotante donde las embarcaciones –que llevan pintadas en su casco una especie de ojos, para ahuyentar a los malos espíritus que habitan en las aguas-, se arremolinan en una sinfonía de colores realmente atractiva. El tamaño de la barca, hace que nos podamos introducir en el interior del mismo y nos damos cuenta que, al igual que en los mercados “no flotantes” a los que estamos acostumbrados, se puede comprar de todo: fruta, verdura, carne, hielo, recipientes de todo tipo, comida, bebida, etc., etc. Observamos in situ las transacciones que los vietnamitas hacen desde sus vistosas embarcaciones y nos resulta muy auténtico, puesto que no hay “guiris”, disfrutando de algo que jamás hasta ahora habíamos visto. Después nos internamos por pequeños canales, donde la quietud del agua, la exuberante vegetación y un silencio casi monacal (es curioso, pero apenas hay pájaros en los alrededores), sólo interrumpido por el ruido quejumbroso del motor, nos hace recordar todas las películas que hemos visto de la guerra del Vietnam, en especial Apocalipsys Now y hay momentos en que parecen que van a surgir “Charlies” de la jungla. Una hora después llegamos a otro mercado y al igual que el anterior contemplamos alucinados todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Son las 9 de la mañana e iniciamos el regreso percatándonos de que la vida fluye en el río: la gente se asea en el mismo, limpia la comida, extrae pescado, transporta mercancías, repara sus embarcaciones....una vida que estamos profanando con nuestras fotografías.

Poco más tarde, cansados de tanta agua, indicamos al barquero (que no hablaba ni “papa” de inglés) que acelerara el regreso, para así gestionar los billetes de avión para trasladarnos a Danang, ciudad situada en el centro del país. Los conseguimos a buen precio en una agencia al lado del hotel Saigon Can Tho (68 euros los dos) para irnos después a por las maletas. A las 14 h. nos recoge una furgoneta con aire acondicionado (como la que deberíamos haber tomado en Chau-Doc, cabrones), que en unas 5 horas y rodeados de vietnamitas, nos traslada a la antigua Saigon, hoy Ho-Chi-Min. Al llegar a la estación, subimos a un taxi, que después de dar vueltas y vueltas en medio de un tráfico infernal (no tiene ni idea de donde está el hotel), nos deja en el mismo. En el momento de pagarle, nos negamos a abonarle lo que indica el taxímetro, y tenemos una bronca colosal hasta que le damos 2 $ más. Cuando se marcha el taxista nos enteramos que el hotel está lleno y vamos a otro cercano (Duc Vuang hotel- 195 Bui Bien Sr. Dist. 1), que tiene buena pinta y en el que nos piden 20 $ por noche; después de ver la habitación, que está francamente bien, lo dejamos en un alarde de regateo, en 17,5 $ con desayuno e Internet gratis. Después de la ducha, cenamos en el restaurante Asia Kitchen, muy cerca de allí y en el que Rosi va a lo seguro, y pide rollitos y gambas en diversas formas. Yo continúo probando cosas, sobre todo platos de pescado, y la verdad es que, como casi siempre, acierto. Otra vez estamos súper-cansados y nos vamos a dormir.

9. DÍA. SÁBADO 25. HO-CHI-MIN

Aunque hoy no tenemos que madrugar, lo hacemos para evitar el calor, aunque a las 8 de la mañana la humedad es ya bastante alta. Para desayunar, me tomo mi primer pho, una sopa contundente con carne, verduras y pasta, que los vietnamitas comen a todas horas. Rosi va adaptándose poco a poco, y se toma una tostada con mermelada.....

Nos lanzamos a la calle para descubrir una asfixiante ciudad de 8.000.000 de habitantes, y que fue capital de la Indochina francesa y posteriormente de Vietnam del Sur. Comenzamos visitando el Palacio de la Reunificación, que en 1975 fue tomado por las tropas norvietnamitas, mientras los últimos norteamericanos huían en helicóptero desde la terraza, en unas imágenes que dieron la vuelta al mundo. Después nos acercamos al Museo de Recuerdos de la Guerra, que aunque con una visión bastante parcial, muestra la guerra en toda su crudeza, desde una óptica vietnamita. Es un buen momento para descansar, por lo que nos acercamos paseando a tomar una “birra” a la terraza del Hotel Continental (lamentablemente ya no se parece en nada a la que ocupaba Michael Caine en “El Americano Impasible”). A continuación, tomamos un taxi para ir a Cholon, el enorme barrio Chino dónde visitamos un par de pagodas en las que los feligreses rezan y queman incienso, ante imágenes totalmente desconocidas para nosotros. Posteriormente nos metemos por estrechas callejuelas, con todo tipo de comercios y tenemos la sensación de que realmente estamos en China. Tras comer en un restaurante de la zona, decidimos irnos al hotel a descansar un rato, y en los alrededores del mismo, compramos una mochila falsa de North Face (10$), porque las maletas las llevamos ya al límite. Por la tarde-noche, vamos a tomar una cerveza a la espléndida terraza del Hotel Rex, lugar de alojamiento de oficiales y corresponsales de guerra durante el conflicto armado. En ella hay un gran buffet, con marisco incluido, pero la verdad es que es temprano y no tenemos hambre, así que decidimos dar un paseo para hacer algunas compras, y acercarnos a un restaurante que me había recomendado mi hermana. En los alrededores, encontramos un pequeño mercadillo, en el que adquirimos camisetas falsas, y donde hay una especie de chiringuitos (parecidos a los que se montan en las ferias españolas), en los que se ven unos manjares muy apetitosos; el contar con fotografías de los platos, añadido a que está lleno de vietnamitas, nos anima a quedarnos a cenar, degustando almejas y unos rollitos rellenos de carne de cangrejo deliciosos. Pedimos 5 platos con varias cervezas y la cuenta suma 5 €. Es hora de volver al hotel.

10. DÍA. DOMINGO 26. HO-CHI-MIN-DANANG-HOIAN

Pesca en Vietnam

Después de desayunar, llega el taxi que habíamos reservado el día anterior, para llevarnos al aeropuerto y coger un vuelo a Danang, ciudad situada a 30 Km de Hoian, nuestro próximo destino. La “nena” nos había puesto en guardia con respecto a los vuelos interiores, pero la verdad es que el avión de Pacific Airlines se comportó de manera impecable: salió y llegó a su hora, y nos dieron una botellita de agua, ¡más no se puede pedir¡. Al llegar al pequeño aeropuerto (parece sorprendente que en la guerra, fuera uno de los que más transitados), tomamos un taxi con destino a Hoian, (200.000 dongs, unos 10 €) compartiéndolo con un neozelandés y una surafricana (pareja ideal para hablar de rugby). Lo mejor estuvo cuando a unos 5 Km de la ciudad, el listo del taxista para el coche, y encendiendo el taxímetro nos dice que el trato era hasta ese punto, y que a partir de ahora corría el contador. Yo, que estaba en el asiento delantero, estoy a punto de darle una “colleja”, al mismo tiempo que le digo de todo; la surafricana no se queda atrás, así que al “jeta”, no le queda más remedio que continuar el viaje hasta el hotel que le habíamos indicado y que, lamentablemente, estaba lleno. Vemos otros hoteles de la zona, hasta llegar al Hotel Thuy Duong 3, Nhi Trung (new) st., donde nos quedamos en una confortable habitación con vistas a la piscina por 22 € la noche, incluido el desayuno (nos pedían 25). Son las 12 de la mañana y nos adentramos en la coqueta ciudad, que fue un importante enclave comercial durante los siglos XVII y XVII, cuando era conocida como Faifo. Recorremos a pie su interesante casco antiguo, (declarado Patrimonio de la Humanidad) con sus hermosas casas comunales, pagodas y templos, muy bien conservados, que ponen de manifiesto la influencia de chinos, japoneses y europeos que se asentaron en la ciudad. El tiempo parece haberse detenido en este lugar, en el que la ausencia de coches contribuye a crear una sensación de tranquilidad inusual en Vietnam. Comemos muy bien en Hoc Phuc Restaurant, Bach Dai st, la calle que da al río y la cuenta asciende a unos 6 € e incluye rollitos, pescado envuelto en hojas de banano y calamares, todo ello regado con abundante cerveza. Lo más curioso fue que, para subir al comedor situado en la parte de arriba, tuvimos que sortear a un vietnamita que dormía plácidamente en medio de la escalera. Al salir del restaurante, decidimos ir a refrescarnos en la piscina y descansar un rato hasta las 6 de la tarde, hora en que salimos de nuevo a la ciudad para dar una vuelta e irnos a tomar una “birra” a Brothers Café, Phan Boi Chan St. que tiene un frondoso y encantador jardín. Resulta un poco caro en comparación a lo que habíamos visto hasta ahora, pero realmente vale la pena conocerlo. Después de curiosear por algunas galerías de arte, nos vamos a cenar al restaurante Faifo, dónde nos “metemos” un menú degustación de 10 platos por 5 €, que no está nada mal. Tras la cena, volvemos al hotel para antes de irnos a dormir, reservar el viaje en bus hasta Hue, y el vuelo Hue-Hanoi (en esta ocasión, nos sale por 85 € los dos). Mañana queremos madrugar (que novedad) para ir en bici a la playa.

11. DÍA. LUNES 27. HOIAN

Temprano vamos a desayunar, y nos encontramos con un buffet digno de un hotel de 3 o 4 estrellas en España. Después alquilamos 2 bicicletas y nos dirigimos a la playa, situada a 4 km y en la que, durante la guerra, al igual que en la cercana China Beach, descansaban los soldados americanos cuando disfrutaban de un permiso. Tras darnos un buen baño en las cálidas aguas, observo una barca de pescadores, que está echando las redes y se va acercando a la orilla. Al llegar a la misma, los pescadores se bajan y comienzan a recogerlas; me acerco a hacer algunas fotos y me ofrezco a ayudarles, lo cual aceptan encantados (o eso me parece, aunque seguramente piensen que soy el típico “guiri” gilipollas). El caso es que no sé si lo hacían adrede o no, pero mis tirones eran como tres de los que daban ellos. Cuando la red llega a la orilla, me llevo una gran desilusión porque “habíamos” pescado poco y además, ejemplares muy pequeños, con la excepción de una especie de pez espada. Rápidamente son seleccionados y una mujer se los lleva a todo correr, supongo que a venderlos. Sobre las 12, volvemos a la ciudad y nos acercamos a un banco a cambiar dinero, con la agradable sorpresa de que el euro ha subido bastante con respecto al dong (1 €/21710 dongs). Charlamos con una pareja de españoles que nos recomiendan hacernos algo de ropa (Hoian es famosa por sus sastrerías, en las que te hacen casi al instante cualquier tipo de ropa, fundamentalmente de seda) y nos aconsejan una de ellas, a la cual nos acercamos para que Rosi encargue un traje y una falda, además de un pañuelo y un par de corbatas, todo por 30 €. Después de tomar una “birra” al otro lado del río, vamos a comer al restaurante Sao Mai, 48, Bach Dang st., otra recomendación de la pareja del banco, donde probamos una maravillosa comida típica de la zona (el pescado hecho en hoja de banano es insuperable), y practicamos el inglés americano con un matrimonio de San Diego. Al acabar la charla, nos acercamos al hotel para darnos un baño (se agradece mucho una piscina fresquita), hasta la hora de ir a recoger la ropa. Tras comprar algunas láminas, vamos de nuevo a Sao Mai, donde volvemos a pegarnos un verdadero festín, destacando en el menú un plato local llamado la Rosa Blanca, una especie de relleno de pescado, aderezado con una suave salsa, y envuelto en una finísima capa de pasta, cuya presentación guarda cierta semejanza con una flor. Tanto el menú de la comida como el de la cena, nos sale por unos 5 € y para Rosi resultará ser el mejor restaurante de los que conozcamos durante el viaje

12. DÍA. MARTES 28. HOIAN-HUE

Después de un abundante desayuno, subimos a un autobús, como de costumbre lleno de extranjeros, que a una velocidad media de 50 km./h., se dirige a Hue, antigua ciudad imperial, situada al sur del paralelo 17 y que en la guerra estuvo tomada varios días (45 concretamente) por el Vietcong, (la guerrilla comunista creada en Vietnam del Sur por el régimen comunista de Vietnam del Norte, para hostigar al gobierno de Saigón, y que tanta importancia tuvo en el devenir de la contienda), y el ejercito norvietnamita, en la llamada ofensiva del Tet de 1968. Cuando los survietnamitas se mostraron incapaces de desalojar a sus ocupantes, los marines norteamericanos entraron en acción y barrios enteros y parte de la Ciudadela, considerada Patrimonio de la Humanidad, y que originariamente contaba con numerosas construcciones de gran belleza, quedaron arrasados. Al final los norvietnamitas se tuvieron que retirar, pero habían causado un gran golpe de efecto, que quizá precipitó la derrota norteamericana.

El autobús nos deja en la puerta de un hotel (tontos no son...) cerca del centro, donde nos invitan a quedarnos. Echamos un vistazo, y después de regatear dejamos una habitación muy decente en 13 $, y sin comisión a la hora de pagar la cuenta con Visa (fórmula recomendada por mi cuñado Phil). Vamos sin demora a la Ciudadela, cuya construcción fue iniciada hace 200 años por Gia Long, el primer Emperador de la dinastía Nguyen, y que está formada por la Ciudad Imperial, en la que el Emperador y los mandarines llevaban a cabo las tareas de gobierno, y la Ciudad Púrpura, ocupada por los aposentos privados del emperador y su familia y en la que, siguiendo la tradición de otras ciudades prohibidas como la de Pekín, sólo sirvientes eunucos tenían acceso a la misma. Un paseo por su interior nos muestra una inmensa superficie ocupada por la vegetación y algún notable edificio, muestra de su antiguo esplendor. El lugar es un remanso de paz en medio del tráfico de la ciudad, y es difícil imaginar los intensos combates que los vietnamitas libraron, primero contra los franceses, y más tarde contra los americanos. Después de la visita vamos a picar algo a un bar cercano, y posteriormente regresamos al hotel para descansar un poco. Por el camino pasamos al lado de un hospital, en cuyos alrededores los enfermos pasean con sus pijamas como si tal cosa; nos quedamos alucinados. Al anochecer buscamos una lavandería, y tomamos unas “birras” en un “bareto” sin nada especial recomendado por la Lonely, hasta la hora de cenar en la terraza de un restaurante elegido sobre la marcha, por la sensación de frescor que desprendía una fuente cercana a las mesas.

13. DÍA. MIÉRCOLES 29. HUE

Salimos temprano hacia el pequeño puerto (cada uno de “paquete” en una motorbike), para hacer un crucero por el Río Perfume y ver una serie de pagodas y tumbas de emperadores que se encuentran en su orilla; antes compro a unos vendedores callejeros unas mandarinas (de mucha peor calidad que las nuestras) y unos bollitos recién hechos. Embarcamos con siete “guiris” más y al poco tiempo, a una pareja de alemanes les enseñan un menú para la comida, que pagan sin rechistar. Con nosotros y con el resto del pasaje también lo intentan, pero le comentamos a la chica que llevamos incluida la comida, con lo cual comienza a “mosquearse”. El espectáculo río arriba es muy bonito, con un paisaje más montañoso que el que ofrecen las riberas del Mekong, y después de parar al lado de la elegante pagoda de Thiem Mu, desembarcamos para visitar la primera de las tumbas, pero resulta que esta se encuentra a un par de kilómetros, por lo que hay decenas de motos queriéndote llevar hasta ella por 1 $ el trayecto y, cosa inaudita en el país, sin admitir ninguna rebaja. Total, que todos los “guiris” decidimos no pagar e ir andando, (con la excepción de los alemanes que, muy enfadados, deciden abandonar el barco) con lo que, cuando llegamos a la puerta, es hora de volver, cosa que hacemos pensando en visitar otra del recorrido. Regresamos al barco y nos dirigimos a la tumba del emperador Minh Mang, situada en un precioso lugar rodeada de jardines, estelas con figuras de elefantes y mandarines y con un tranquilo estanque. Cuando volvemos nos sirven la comida con bastantes malos modos, por lo que todo el pasaje se amotina y, como protesta, nadie compra bebida, que no estaba incluida en el precio y bebemos agua propia. El viaje continúa sin más incidentes, y aprovechamos para charlar con una pareja de italianos y una señora israelí hasta volver a Hue sobre las 14 horas. Después de desembarcar nos dirigirnos al mercado dónde compramos algo de fruta y un coco. Volvemos al hotel en ciclo-taxi para descansar un rato y posteriormente salir a dar un vuelta y cenar en La Carambole, un restaurante de cocina vietnamita-francesa, donde por 12 €, nos tomamos un menú degustación bastante interesante, aunque sin comparación con nuestros anhelados restaurantes de Hoian. Mañana volamos a Hanoi, donde esperamos encontrar un clima más fresquito.

14. DÍA. JUEVES 30. HUE-HANOI

Artesanos en Hanoi

El avión de Vietnam Airlines parte sin problemas del aeropuerto de Hue, el cual soportó también, al igual que el de Danang, un intenso tráfico aéreo durante la guerra, dada su cercanía a la zona desmilitarizada que separaba los dos Vietnam. A las 9,30, estamos en Hanoi, la capital vietnamita que nos recibe con niebla y amenaza de lluvia. “Pillamos” un taxi compartido por 1,5 € cada uno y le decimos que nos deje cerca de la agencia Sihncafé, ya que queremos ver lo antes posible la forma más rápida de ir, primero a las montañas de Sapa, y después a Halong Bay. La Lonely advierte con mucha razón, que se copian las marcas de los establecimientos hecho que comprobamos porque: nos llevan a una falsa, aunque pensamos que por preguntar nos perdíamos nada. Nos sientan cómodamente y nos sirven té de forma muy amistosa, para comenzar a explicarnos los detalles de cada uno de los viajes. Cualquier cosa diferente que proponemos nos la ponen dificilísima, y después de un buen rato les decimos que nos vamos a tomar un café para pensarlo, con lo cual los gestos amistosos se convierten inmediatamente en caras de enfado (realmente les queda mucho que recorrer para ser verdaderos profesionales del turismo). Ante esta situación decidimos marcharnos lo antes posible de aquel lugar, y visitamos otro par de agencias, donde nos dicen que se han agotado los billetes de tren a Sapa para esa noche, hasta llegar a otra en la que, milagro, si tiene billetes. Así que, tras media hora de explicaciones y regateo, contratamos el viaje a las montañas y a Halong Bay. Es hora de comer y nos dirigimos al cercano restaurante Little Hanoi, donde la relación calidad-precio es muy aceptable. Damos una vuelta por la zona, en la que los nombres de las calles, identifican las profesiones que allí se desarrollan: de la seda, del cobre, de las lápidas...(me llama sobre todo la atención en esta última, el que las fotos de los difuntos se muestren en las lápidas que están expuestas al público). El tráfico es intenso entre las estrechas callejuelas, ocupadas las aceras por artesanos o por puestos de venta de productos de lo más variopinto, con lo cual no queda más remedio que ir por la calzada, con el riesgo que ello supone para nuestra integridad física. A la hora acordada volvemos al hotel-agencia, donde nos recoge una furgoneta para llevarnos a la estación de tren y acceder entre una marabunta de personas, fundamentalmente turistas, a un destartalado tren, en uno de cuyos compartimentos nos instalamos junto a una pareja de jóvenes vietnamitas recién casados, en viaje de novios a Sapa. No podemos conversar demasiado porque apenas balbuceaban algo de inglés, por lo que a las 10 de la noche nos disponemos a pasar la noche lo mejor posible en nuestras literas.

15. DÍA. VIERNES 1 DE DICIEMBRE. HANOI-LAO CAI-SAPA

Son las 5 de la mañana y en el tren empieza a haber movimiento. Nos despertamos después de haber dormido razonablemente bien y al poco tiempo llegamos a la estación de Lao Cai, ciudad fronteriza con China, donde decenas de furgonetas esperan a los turistas para trasladarlos a la pequeña localidad de Sapa, que en tiempos de la dominación francesa fue un balneario en plena montaña, utilizado para huir del asfixiante verano de Hanoi. El día amanece bastante gris, y la niebla nos impide ver el paisaje desde la furgoneta en el trayecto que, montaña arriba, nos conduce Sapa. Allí nos trasladan a un hotel para desayunar y darnos una ducha en la habitación del responsable de la agencia, que prácticamente queda inundada debido a la cantidad de personas que hace lo mismo que nosotros. Al poco tiempo nos presentan a la que va a ser nuestra guía durante el trekking, una chica de la etnia black hmong, que va vestida con un traje tradicional precioso, y partimos entre la lluvia, acompañados de 2 chicas israelíes y Luca, un simpático italiano. El recorrido es altamente interesante a pesar de la persistente niebla, y en todo momento nos acompañan multitud de mujeres de la misma etnia que la guía, poniendo con sus vestidos un poco de color a un día excesivamente grisáceo. Nos intentan, y en ocasiones lo consiguen, vender toda clase de productos, en especial unos bolsos hechos a mano y teñidos con índigo y, aunque su inglés es muy básico, les es suficiente para preguntarnos las cuatro cosas que más les interesan: cómo nos llamamos, de dónde somos, si estamos casados y cuantos hijos tenemos. En el camino, además de con lugareños que van y vienen, nos cruzamos con otros grupos de turistas que, como nosotros, se dirigen a pasar la noche en una homestay. Hacia las 4 de la tarde llegamos al lugar que, perdido en mitad de la nada, será nuestro alojamiento durante esa noche. Nos encontramos delante de una construcción de madera de dos plantas que paso a describir, para que cada cual saque sus conclusiones: en la planta inferior, encontramos una especie de salón, con un suelo irregular de tierra, en el que también se encuentran los dormitorios de la familia, separados por cortinas. A su lado, la cocina con un fuego entre las piedras, pero sin chimenea. En la parte de arriba, que será nuestra habitación, hay un almacén con sacos de arroz, y en el suelo, colchones protegidos con mosquiteras. En el exterior, un poco de cemento en la entrada y lo demás, campo, en este caso embarrado, y en la parte trasera, una caseta con un agujero, que al igual que en el lejano oeste, hace las veces de “cuarto de baño”. Las caras de las israelíes son todo un poema, y la frase lapidaria de Rosi es que si su padre se entera de que ha pagado por dormir en ese “cuchitril”, no le volvía a hablar en su vida; sólo puedo asentir sonriendo. A partir de ahí, tratamos de pasar el resto de la tarde-noche lo mejor posible, y creo que lo conseguimos. Hacia las 5 comienzan a cenar los hombres, más numerosos de lo habitual, porque han venido varios parientes a ayudar en la construcción de un nuevo hogar -falta les hace, digo para mis adentros-, y dos horas después lo hacemos nosotros junto a las mujeres, los niños y el hermano menor, que se convierte en protagonista de la velada al ser el único que hablaba un poco de inglés, y por empeñarse en emborracharse (y emborracharnos) con un licor de arroz francamente asqueroso (como echamos de menos un fresquito orujo de hierbas). La cena, aunque básica, es bastante abundante y al finalizar entonamos algún cántico y vemos durante un buen rato el estruendoso Karaoke, aparato estrella no sólo de la casa, sino del vecindario. A pesar de que estamos disfrutando con la velada, hace un frío del “carajo” y nos vamos a la cama para intentar entrar en calor. El aire se cuela por todos los sitios, pero el acostarnos vestidos y el uso de gruesas mantas hace que durmiéramos bastante bien, aunque yo me tuve que levantar en mitad de la noche para ir al “baño”, y fue todo un espectáculo bajar las escaleras con la linterna para descorrer, no sin dificultad, el pesado madero de la puerta, y salir al exterior en medio de la oscuridad y la niebla (me acordé de Jack Nicholson en “El Resplandor”). Por supuesto no llegué al agujero para hacer un pis.

16. DÍA. SÁBADO 2. SAPA

Mercados de Vietnam

Rosi y yo somos de los primeros en despertarnos en toda la “choza”. Ordenamos las mochilas, y nos lavamos un poco la cara en un tronco de madera vaciado lleno de agua, que a modo de lavabo, hay al lado de la cocina. Tomamos asiento en el “porche” (total, hace igual de frío dentro que fuera) y comienzan a llegar las primeras black Hmongs; a algunas ya las conocemos y están un rato observándonos, mientras la guía nos prepara unas tortitas que rellenamos a modo de crepe, de banana y miel. Después de desayunar y, acompañados por las sempiternas mujeres, iniciamos la marcha. La niebla es todavía más espesa y el terreno está embarrado y muy resbaladizo. Un par de tropezones hacen que meta los pies en el agua, mientras las nativas ayudan a las mujeres a cruzar por los lugares más peligrosos, componiendo un cuadro cuando menos curioso. Circulamos por estrechas sendas entre enormes extensiones de bambú y no es difícil imaginar la dificultad de los americanos en su lucha contra los norvietnamitas. El paisaje, cuando lo logramos ver entre la neblina, es precioso y tras caminar alrededor de 3 horas, llegamos al “garito” donde vamos a comer. Hace bastante frío, pero a pesar de todo, las mesas están en el exterior y la guía nos prepara un Pho con huevos, capaz de resucitar a un muerto, para posteriormente subir a una furgoneta que nos llevará hotel donde haremos noche. Nos damos una bien ganada ducha de agua caliente y, aunque la habitación está bastante bien, no hay calefacción, por lo que nos envolvemos en los mullidos edredones de las camas para entrar en calor. Decidimos no dejarnos caer en brazos de Morfeo y visitar el llamado love market de Sapa (todavía no sabemos el motivo del curioso nombre) y salimos del hotel entre una niebla londinense que lo cubre todo -no se ve a mas de 2 metros- para, en pocos minutos, alcanzar el mercado donde regateamos con ganas. Es temprano pero en vista del gélido ambiente, decidimos volver al hotel para preparar la maleta (es la enésima vez que lo hace Rosi), cenar relajadamente, e irnos a acostar. La cena es francamente buena y el restaurante, muy agradable, con una música de fondo que no es el estridente karaoke habitual. Cuando estamos acabando, nos damos cuenta que hay 2 chicos españoles consultando Internet y acabamos charlando animadamente con estos dos recién licenciados en periodismo, que durante un par de meses han recorrido Camboya (donde aprovecharon para hacer un reportaje sobre las minas terrestres antipersonas, que dejó como herencia el genocida Pol Pot), y Vietnam en bicicleta. Nos vamos a dormir. Mañana visitaremos el mercado más importante de la zona, situado en la ciudad de Bac-Ha.

17. DÍA. DOMINGO 3. SAPA-BAC HA-LAO CAI

El tiempo continua igual: niebla y frío, por lo que nos abrigamos lo más posible con lo poco que tenemos y antes de salir de la habitación, dejamos en la basura un par de Kg de ropa sucia y subimos a la furgoneta con otros turistas para partir hacia Bac-Ha. La carretera está llena de baches, y vamos botando como pelotas durante 2 horas, hasta llegar al mercado que presenta una gran animación; lo más interesante del mismo está en los trajes típicos que visten las mujeres de las diferentes etnias de la zona (Hmong, Phu, Zay, Black Hmong...) y que producen un colorido espectacular 27 . Deambulamos por el mismo y apenas compramos nada, porque los productos son parecidos a los del mercado de Sapa que visitamos ayer; aquí, lo interesante es ver a la gente y eso es lo que hacemos. Tras la comida, nos llevan a visitar un pueblo de los Homong pero es una auténtica “turistada” y no nos gusta demasiado. De vuelta a Lao-Cai (ciudad muy castigada por el enfrentamiento chino-vietnamita en 1979) y, antes de dejarnos en la estación, nos acercan a ver el puente que hace de frontera entre China y Vietnam, por el que en esos momentos no transita demasiada gente. Recogemos el equipaje, y nos adelantan la hora de salida (es una putada porque llegaremos a Hanoi a las 5 de la mañana), además de que tenemos la impresión de que también nos han cambiado el tipo de tren. Pedimos explicaciones, pero no nos hacen ni caso, así que subimos a nuestro vagón, en el que viajaremos acompañados de Antonio, un jubilado americano de origen italiano que vive en Saigon, y que viaja acompañado de una señora vietnamita; nos comenta que ha viajado por más de 50 países de todos los continentes y la conversación, mezcla de inglés y castellano, se alarga durante un par de horas.

18. DÍA. LUNES 4. HANOI-HALONG BAY

Es todavía noche cerrada cuando llegamos a Hanoi, y nos dirigimos a la estación para hacer tiempo, antes de ir a la agencia donde nos recogerán para ir a Halong Bay; por el camino, oímos como una pareja pregunta por la policía, porque les han robado en el tren. En el interior de la estación, se encuentran dos chicas españolas que también vienen de Sapa y hablamos un buen rato con ellas (que gusto poder expresarnos en castellano) hasta que amanece, momento en que cogemos un taxi, que de nuevo nos hace la “pirula”: circula exageradamente lento (y eso que el tráfico es muy escaso) y comienza a dar un rodeo (sabemos más o menos donde se encuentra la agencia). Le comenzamos a decir de todo mientras el taxista ni se inmuta, pero sí lo hace cuando nos deja en el lugar indicado, y le pago menos de lo que marca el taxímetro. Se cabrea, pero más cabreados estamos nosotros.....

Nos vamos a desayunar y a las 7,30, nos acomodamos en una furgoneta que nos llevará a la bahía de Halong, en el Golfo de Tonkin, en un viaje de tres horas junto a una decena de “guiris”. Nada más llegar, subimos a nuestra embarcación en medio de cientos de turistas y con un día neblinoso, que hace que las vistas no sean demasiado atractivas. Por la tarde, y mientras vamos navegando, el tiempo va aclarando, hasta quedarse un día excelente. Visitamos una cueva con multitud de estalactitas y estalagmitas, damos un paseo en Kayak y posteriormente me doy un baño estupendo. Después de ducharnos, tomamos una cerveza en cubierta para ver un lindo atardecer. Durante la cena, compartimos mesa con una pareja de bielorrusos, con los que cambiamos impresiones, hasta que decidimos subir de nuevo a cubierta para disfrutar de la noche; hace algo de frío, pero con el polar se está estupendamente. El espectáculo de la bahía, iluminada por los barcos que, como nosotros, fondean en la misma, es impresionante, con las luces reflejadas en el agua y, al fondo, emergiendo como fantasmagóricos dragones, la sombra nocturna de los mogotes (así se llaman las más de 3000 rocas que “pueblan” Halong). Casi nos quedamos dormidos, por lo que decidimos irnos a la cama, para madrugar al día siguiente y ver el amanecer.

19. DÍA. MARTES 5. HALONG BAY-HANOI

A las 5,30 estamos de nuevo en el exterior, donde el frío de la madrugada, hace que tengamos que subir las mantas del camarote. De nuevo, y al igual que la noche anterior, somos los únicos en cubierta y, a pesar de que está un poco nublado, el amanecer resulta espectacular, y lo disfrutamos con un silencio estremecedor, solamente turbado por el crujir de los mástiles mecidos por el viento. A las 8 h. vamos a desayunar y, al levantarme de la hamaca, se escurre la cámara de fotos, y no cae al agua porque la retiene un salvavidas que hay en un costado (Rosi dice que ha sido el ángel de la guarda, bien sea cristiano o budista. La creo.) Inmediatamente, el barco se pone en marcha y navegamos entre los mogotes, observando las casas flotantes, donde viven pescadores y vendedores de fruta y bebida, los cuales se acercan a los numerosos barcos atestados de turistas, para ofrecer sus mercancías. Abandonamos el barco para subir a una especie de barca bastante andrajosa y dar una vuelta por los alrededores, cuando, a mitad del camino, el motor empieza a echar humo y se para; el barquero tarda un buen rato en arreglarlo y cuando regresamos, nos piden dinero, quedándonos todos sorprendidos por que nos habían dicho que todo, excepto la bebida, estaba incluido en el precio; el guía nos dice que nos había avisado, lo cual es mentira, aunque todos terminamos pagando. De nuevo a bordo, disfrutamos de nuestras últimas horas en ese mar salpicado de pequeñas islas y nos dirigimos al puerto, al que llegamos 2 horas más tarde. Después de la comida en un restaurante cercano, regresamos a Hanoi para alojarnos en el Hotel Vietnam II, situado en el barrio antiguo, por el cual pagamos 20 $ por noche, con desayuno incluido. Después de descansar un rato, hacemos algunas compras y nos damos un homenaje en el restaurante Ópera, por unos 30 €.

20. DÍA. MIÉRCOLES 6. HANOI

Después de desayunar, vamos en taxi (acordando el precio con antelación) a visitar el Mausoleo de Ho-Chi-Min. El lugar es bastante feo, con una fría estética comunista, muy en la línea de los dedicados a otros dirigentes como Lenin o Mao-tse-tung, y está lleno de gente, mezclándose turistas con vietnamitas que, sobre todo estos últimos, muestran un sincero respeto hacia el héroe revolucionario. Tras hacer cola durante un breve espacio de tiempo, nos dirigimos acompañados por un soldado a ver el cadáver embalsamado de la persona que en 1945, durante la ocupación francesa, declaró la independencia de la República Democrática de Vietnam; los franceses no la aceptaron, y tras la batalla de Diem Bi Phu, en la que los “gabachos” fueron derrotados, el país se dividió en dos partes separadas por el paralelo 17, en tanto se preparaban elecciones para su unificación. En el norte se estableció un régimen comunista bajo la influencia China (Vietnam del Norte), mientras en el sur se creaba una república bajo el apoyo y los intereses de Estados Unidos (Vietnam del Sur). No tardó en estallar la guerra que culminó en 1973 con la victoria comunista y la reunificación del país con el nombre de República Socialista de Vietnam, logro que Ho-Chi-Min no pudo disfrutar porque había muerto en 1969.

En el interior hace frío y, como vamos en manga corta, llevo los brazos cruzados, cosa que me recrimina uno de los soldados que custodian el lugar porque significa una falta de respeto; le hago caso y me pongo casi en posición de firmes. Después de rodear el féretro en el que descansa el tío Ho (apelativo cariñoso por el que es conocido), salimos al exterior para visitar el interesante museo en el que se le rinde homenaje, y en el que se muestran diversos objetos que utilizó durante su vida. Después damos un largo paseo para ver la coqueta pagoda del Pilar Único, y el templo de la Literatura, dedicado a Confucio y primera universidad vietnamita. Antes de comer, probamos la Bia-Hoi, cerveza local de barril, que a Rosi no le gusta nada. Después de comer Cha-Ca, una especialidad local con carne, arroz y verduras, que nos decepciona bastante, hacemos algunas compras y caminamos durante toda la tarde pensando en ir a cenar a otro restaurante de lujo (el Four Seasons o el Emperor), pero nos da pereza, y como nos encontramos al lado del Little Hanoi, local que nos causó tan buena impresión el primer día, decidimos repetir.

21. DÍA. JUEVES 7. HANOI-BANGKOK

Es nuestro último día en el País del Agua (nombre que le hemos dado a Vietnam), y lo primero que queremos hacer es darnos un masaje. Pedimos consejo al recepcionista del hotel, y nos recomienda el centro de masajes Tresor, cerca del lago Hoam-Kiem, lugar al que acudimos para disfrutar de una experiencia altamente gratificante, por un precio irrisorio (5 € la hora). Después de sacar las entradas para el Teatro de Marionetas (ayer estaban agotadas), comemos -mejor dicho, como porque a Rosi le da bastante reparo- en un chiringuito de la calle, con un par de vasos de Bia-Hoi y, como no tienen otra cerveza, a ella le consiguen rápidamente una de lata en un bar cercano. Después nos dirigimos al teatro, en el que el espectáculo consiste en la visualización de una historia, a través de marionetas que se mueven sobre agua manejadas con largos palos por personas, ocultas tras el telón; seis o siete músicos, con instrumentos tradicionales vietnamitas, acompañan la representación. Al finalizar, observamos que la pareja que está sentado a nuestro lado es española y, mientras gastamos nuestros últimos dongs bebiendo Bia-Hoi, nos cuentan que son de Madrid y que vuelven a España en Navidad, después de pasar nueve meses viajando por Australia y Nueva Zelanda, viviendo con lo que el chico ganaba realizando tatuajes a la gente. Tras acabar medio borrachos (0,10 € por vaso, seguramente la cerveza más barata del mundo), vamos al hotel a por las maletas y esperar al taxi, que nos trasladará al aeropuerto para coger un vuelo a Bangkok. A pesar de que son 30 Km de distancia, a esa hora el tráfico es fluido, y el trayecto lo realizamos en poco tiempo; al llegar, el taxista (siempre los taxistas) nos dice que le paguemos, cuando ya lo habíamos hecho en el hotel: paciencia.....

Después de comprar colonias a buen precio en la duty-free, embarcamos en el avión que nos traslada a Bangkok en menos de dos horas. Después de pasar los trámites aduaneros sin problemas tomamos un taxi, que en 45 minutos nos deja en un hotel de Khaosan Road, zona a la que rápidamente bautizamos como el Benidorm tailandés, ya que la única diferencia con la ciudad levantina, es la presencia de gente con ojos rasgados, siendo todo lo demás muy parecido: guiris por todas partes, restaurantes, pubs......El hotel, en el que habíamos hecho una reserva a través de internet, no se parece en nada a lo que mostraba la página web, pero es demasiado tarde para irnos a buscar otro. Mañana será otro día.

22. DÍA. VIERNES 8. BANGKOK

Nada más levantarnos, salgo en busca de otro hotel por la zona. El calor es muy pegajoso y me enseñan cuatro o cinco habitaciones, que no mejoran la nuestra. Llego a uno con buena pinta, pero está lleno (maldita temporada alta), así que decidimos quedarnos donde estamos. Al salir nos indican que debemos abonar la habitación, pero no tenemos dinero tailandés y les explico que les pagaremos más tarde, cuando cambiemos. Estamos muy cerca del Palacio Real, y hacia allí nos dirigimos andando, en medio de una mega-ciudad, que a pesar del incesante tráfico, nos parece silenciosa en comparación con las ciudades vietnamitas; pronto descubriremos que es debido a que es una urbe más occidental, sin apenas motocicletas circulando, por lo que no hay ruido de claxons, lo más molesto para nosotros. Una vez en el Palacio, y para visitarlo, tenemos que ponernos pantalones largos, que nos prestan en la taquilla. El complejo es inmenso, con una gran cantidad de templos y esculturas, algunas francamente bellas, que si no fuera por el calor, dan para una visita larga. Después nos dirigimos a otro templo, el Wat Pho, donde se encuentra el llamado buda reclinado 8 , que pasa por ser el más grande del mundo y que realmente impresiona bastante. En el camino, los omnipresente drivers de los tuk-tuk, nos tratan de engañar indicándonos falsos caminos para llegar a la entrada de los edificios (sinvergüenzas), suponemos que con el fin de cansarnos y así contratarlos a ellos. Son las 13,30 y estamos agotados, así que decidimos coger un bus con la intención de ver la ciudad cómodamente sentados con aire acondicionado, y aprovechar para ir a un restaurante recomendado por la Lonely. Después de una hora, nos encontramos en mitad de un impresionante atasco, y todavía nos queda la mitad del camino, así que, en Siam Square, decidimos apearnos del vehículo e ir a comer a otro sitio. Tenemos suerte porque nos metemos en un restaurante Thai, donde comemos de maravilla para posteriormente, darnos una vuelta por un par de centros comerciales de los muchos que hay Bangkok, y acabar en uno gigantesco llamado Pantik Plaza, íntegramente dedicado a aparatos electrónicos. Estamos a punto de comprarnos una máquina de fotos pero nos “tira” para atrás el tema de la garantía y el que el menú de la misma no aparece en castellano. Después de un día agotador, regresamos en Tuk-Tuk al hotel, dónde nos encontramos con la sorpresa de que la habitación está sin arreglar porque, según nos explican, no habíamos pagado la misma previamente; lógicamente, les decimos de todo, aunque les da igual. Por cierto el hotel tiene el rimbombante nombre de Nana Plaza Inn, y desde luego no me volvería a alojar en él ni aunque me pagaran.

Antes de cenar nos vamos a dar un masaje tailandés, que a mi me encanta, aunque a Rosi le parece demasiado duro. Al acabar, vamos paseando para encontrar por casualidad un restaurante dónde asan pescados y mariscos en la calle. Pedimos una buena ración de gambas enormes y un pescado blanco delicioso, acompañados de arroz, verduras y varias cervezas. (10 €). Damos una vuelta por un mercadillo cercano y, después de tomar una copa nos vamos a dormir.

23 Y 24. DÍA. SÁBADO Y DOMINGO 9 Y 10 DE DICIEMBRE. BANGKOK-DOHA-MADRID-ALICANTE

Son nuestros últimos días de vacaciones. Desayunamos en el restaurante de un hotel, en el que el dueño, se “enrolla” con nosotros al comprobar que somos españoles (conoce bastante bien nuestro país) y nos permite dejar el equipaje allí, hasta la hora de partir al aeropuerto. Le preguntamos dónde podemos hacer alguna compra rápida y nos recomienda un mercado. “Pillamos”un taxi (antes preguntamos a un par de conductores de tuk-tuk, pero solo aceptan ir allí o bien por un precio elevadísimo o bien si antes pasamos por alguna tienda de amigos suyos...). El mercado es enorme pero tiene un problema grave: no te dejan probarte la ropa, por lo que no compramos nada y tres horas después, volvemos a Khaosan Road, para darnos nuestro último masaje, esta vez con aceite; Rosi sale encantada pero mi me gustó más el del día anterior, pues era más deportivo y además me lo dio una chica; hoy me lo ha dado un tío y claro, no es lo mismo. Después de comer, recogemos las maletas y vamos a la agencia dónde hemos contratado el transfer al aeropuerto. El minibús, en el que también viaja un piloto valenciano que trabaja para la aerolínea australiana Jet Star y vive en Singapur, parte con retraso y además, no sabemos por qué, nos cambian a otro a mitad de camino, ante la protesta de todo el pasaje. Una vez en el avión, nos percatamos de que viaja un grupo de jóvenes vietnamitas con atuendo deportivo, que suponemos se desplazan a Doha para participar en los Juegos Asiáticos que allí se celebran. Preguntándonos en que deporte participarán, Rosi vuelve a estar ingeniosa y opina, que con la endeble constitución física que tienen, sólo pude ser en el de carreras de tuk-tuk. Nos reímos con ganas......

BREVE IMPRESIÓN FINAL

Hemos cogido ocho vuelos, innumerables autobuses, varios trenes, taxis, tuk-tuk, ciclo taxis, motocicletas..., y a pesar de haber acabado destrozados físicamente, ha sido una aventura fantástica. Para mí, lo más interesante no ha sido la gente, ni los variados paisajes, ni la seguridad del país, ni siquiera la excelente comida; lo mejor ha sido el descubrimiento “in situ” de que los occidentales, a pesar de ser unos privilegiados económicamente hablando, no somos ni mucho menos, el centro de la tierra; que hay muchísima gente en otras partes del mundo que, a pesar de la globalización, tienen costumbres diferentes, rezan a otros dioses, sus prioridades y aspiraciones son distintas, en definitiva, que piensan de otra forma. Eso que la antropología llama situarte en el lugar del otro y que, a menudo, olvidamos para de forma absolutamente injusta dar más importancia a una cultura occidental, que ni mucho menos es superior a otras que, o bien por desconocimiento, o bien por oscuros intereses, subestimamos cuando no despreciamos. Por ello, sería un ejercicio educativo muy interesante que todas las personas de los mal llamados países desarrollados, pudieran hacer un viaje similar, para ser capaces de situarse en este planeta de 6,000 millones de habitantes, con una visión objetiva alejada de todo etnocentrismo.

En cuanto a lo peor, podría hablar del calor o del excesivo número de turistas, pero no sería sincero y me entristece admitir que lo más negativo, ha sido la sensación de que muchos vietnamitas, inmersos en esa extraña mezcla de capitalismo galopante y un sistema político comunista, descuidan un poco las formas con respecto a un turismo que se va incrementando año a año, e intentan conseguir mejorar sus condiciones de vida de forma rápida, aunque a veces sea a costa de engañar al turista, lo cual puede ser absolutamente contraproducente. Desde luego no estamos hablando de dinero porque realmente es un país muy barato para el extranjero, sino del sentimiento de impotencia que a veces te genera determinadas conductas, y que pueden empañar el hecho de que la mayoría de la gente (y recordemos que son 80 millones), sea realmente amable y tenga un comportamiento excelente, ayudándote siempre que lo necesitas.

 

By Victor Miguel Saiz Martínez

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